Diálogos de Timeo y Critias referidos a la Atlántida
En el video se reproducen fielmente las partes referidas a la Atlántida que se encuentran en los dos diálogos.
A continuación se tienen los dos diálogos, para aquellos que quieran leerlos por cuenta propia.
FRAGMENTO DEL TEXTO TIMEO DE PLATÓN REFERIDO A LA ATLÁNTIDA
https://pueblosoriginarios.com/textos/platon/timeo.html
Critias.-
Escucha, entonces, Sócrates, un relato muy extraño, pero absolutamente
verdadero, tal como en una ocasión lo relataba Solón, el más sabio de los
siete, que era pariente y muy amigo de mi bisabuelo Drópida, como él mismo
afirma en muchos pasajes de su obra poética. Le contó a Critias, nuestro
abuelo, que de viejo nos lo relataba a nosotros, que grandes y admirables
hazañas antiguas de esta ciudad habían desaparecido a causa del tiempo
transcurrido y la destrucción de sus habitantes, y, de todas, una, la más
extraordinaria, convendría que ahora a través del recuerdo te la ofreciéramos
como presente, para elevar al mismo tiempo loas a la diosa con justicia y
verdad en el día de su fiesta nacional, como si le cantáramos un himno.
Sócrates.-
Bien dices. Pero, por cierto, ¿no explicaba Critias cuál era esta hazaña que,
según la historia de Solón, no era una mera fábula, sino que esta ciudad la
realizó efectivamente en tiempos remotos?
Critias.-Te
la diré, aunque escuchada como un relato antiguo de un hombre no precisamente
joven. Pues entonces Critias, así decía, tenía ya casi noventa años y yo, a lo
sumo diez. Era, casualmente, la Kureotis, el tercer día de los Apaturia. A los
muchachos les sucedió lo que es siempre habitual en esa fiesta y lo era también
entonces. Nuestros padres hicieron certámenes de recitación. Se declamaron
poemas de muchos poetas y, como en aquella época los de Solón eran recientes,
muchos niños los cantamos. Uno de los miembros de la fratría, sea que lo creía
realmente o por hacerle un cumplido a Critias, dijo que si bien Solón le
parecía muy sabio en todos los otros campos, en la poesía lo tenía por el más
libre de todos los poetas.
El
anciano, entonces - me acuerdo con gran claridad - se puso muy contento y
sonriendo dijo: “¡Ay Aminandro!, ¡ojalá la poesía no hubiera sido para él una
actividad secundaria! Si se hubiera esforzado como los otros y hubiera
terminado el argumento que trajo de Egipto y, si, al llegar aquí, las
contiendas civiles y otros males no lo hubieran obligado a descuidar todo lo
que descubrió allí, ni Hesíodo ni Homero, en mi opinión, ni ningún otro poeta
jamás habría llegado a tener una fama mayor que la suya”. “¿Qué historia era,
Critias?”, preguntó el otro. “La historia de la hazaña más importante y, con
justicia, la más renombrada de todas las realizadas por nuestra ciudad, pero
que no llegó hasta nosotros por el tiempo transcurrido y por la desaparición de
los que la llevaron a cabo”, dijo el anciano. “Cuenta desde el comienzo”,
exclamó el otro, “qué decía Solón, y cómo y de quiénes la había escuchado como
algo verdadero”.
“En
Egipto”, comenzó Critias, “donde la corriente del Nilo se divide en dos en el
extremo inferior del Delta, hay una región llamada Saítica, cuya ciudad más
importante, Sais - de donde, por cierto, también era el rey Amasis -, tiene por
patrona una diosa cuyo nombre en egipcio es Neith y en griego, según la versión
de aquellos, Atenea. Afirman que aprecian mucho a Atenas y sostienen que en
cierta forma están emparentados con los de esta ciudad. Solón contaba que
cuando llegó allí recibió de ellos muchos honores y que, al consultar sobre las
antigüedades a los sacerdotes que más conocían el tema, descubrió que ni él
mismo ni ningún otro griego sabía, por decir así, prácticamente nada acerca de
esos asuntos.
En
una ocasión, para entablar conversación con ellos sobre esto, se puso a contar
los hechos más antiguos de esta ciudad, la historia de Foroneo, del que se dice
que es el primer hombre, y de Níobe y narró cómo Deucalión y Pirras
sobrevivieron después del diluvio e hizo la genealogía de sus descendientes y
quiso calcular el tiempo transcurrido desde entonces recordando cuántos años
había vivido cada uno. En ese instante, un sacerdote muy anciano exclamó:
‘¡Ay!, Solón, Solón, ¡los griegos seréis siempre niños!, ¡no existe el griego
viejo!’ Al escuchar esto, Solón le preguntó: ‘¿Por qué lo dices? ‘Todos’,
replicó aquél, ‘tenéis almas de jóvenes, sin creencias antiguas transmitidas
por una larga tradición y carecéis de conocimientos encanecidos por el tiempo.
Esto se debe a que tuvieron y tendrán lugar muchas destrucciones de hombres,
las más grandes por fuego y agua, pero también otras menores provocadas por
otras innumerables causas. Tomemos un ejemplo, lo que se cuenta entre vosotros
de que una vez Faetón, el hijo del Sol montó en el carro de su padre y, por no
ser capaz de marchar por el sendero paterno, quemó lo que estaba sobre la
tierra y murió alcanzado por un rayo. La historia, aunque relatada como una
leyenda, se refiere, en realidad, a una desviación de los cuerpos que en el
cielo giran alrededor de la tierra y a la destrucción, a grandes intervalos, de
lo que cubre la superficie terrestre por un gran fuego. Entonces, el número de
habitantes de las montañas y de lugares altos y secos que muere es mayor que el
de los que viven cerca de los ríos y el mar. El Nilo, salvador nuestro en otras
ocasiones, también nos salva entonces de esa desgracia. Pero cuando los dioses
purifican la tierra con aguas y la inundan, se salvan los habitantes de las
montañas, pastores de bueyes y cabras, y los que viven en vuestras ciudades son
arrastrados al mar por los ríos. En esta región, ni entonces ni nunca fluye el
agua de arriba sobre los campos, sino que, por el contrario, es natural que
suba, en su totalidad, desde el interior de la tierra. Por ello se dice que lo
que aquí se conserva es lo más antiguo. En realidad, sin embargo, en todas las
regiones en las que no se da un invierno riguroso y un calor extremo, la raza
humana, en mayor o menor número, está siempre presente. Desde antiguo
registramos y conservamos en nuestros templos todo aquello que llega a nuestros
oídos acerca de lo que pasa entre vosotros, aquí o en cualquier otro lugar, si
sucedió algo bello, importante o con otra peculiaridad. Contrariamente, siempre
que vosotros, o los demás, os acabáis de proveer de escritura y de todo lo que
necesita una ciudad, después del período habitual de años, os vuelve a caer,
como una enfermedad, un torrente celestial que deja sólo a los iletrados e
incultos, de modo que nacéis de nuevo, como niños, desde el principio, sin saber
nada ni de nuestra ciudad ni de lo que ha sucedido entre vosotros durante las
épocas antiguas. Por ejemplo, Solón, las genealogías de los vuestros que acabas
de exponer poco se diferencian de los cuentos de niños, porque, primero,
recordáis un diluvio sobre la tierra, mientras que antes de él habían sucedido
muchos y, en segundo lugar, no sabéis ya que la raza mejor y más bella de entre
los hombres nació en vuestra región, de la que tú y toda la ciudad vuestra
descendéis ahora, al quedar una vez un poco de simiente. Lo habéis olvidado
porque los que sobrevivieron ignoraron la escritura durante muchas
generaciones. En efecto, antes de la gran destrucción por el agua, la que es
ahora la ciudad de los atenienses era la mejor en la guerra y la más absolutamente
obediente de las leyes. Cuentan que tuvieron lugar las hazañas más hermosas y
que se dio la mejor organización política de todas cuantas hemos recibido
noticia bajo el cielo.’ Solón solía decir que al escucharlo se sorprendió y
tuvo muchas ganas de conocer más, de modo que pidió que le contara con
exactitud todo lo que los sacerdotes conservaban de los antiguos atenienses. El
sacerdote replicó: ‘Sin ninguna reticencia, oh Solón, lo contaré por ti y por
vuestra ciudad, pero sobre todo por la diosa a la que tocó en suerte vuestra
patria y también la nuestra y las crió y educó, primero aquélla, mil años
antes, después de recibir simiente de Gea y Hefesto, y, más tarde, ésta. Los
escritos sagrados establecen la cantidad de ocho mil años para el orden imperante
entre nosotros. Ahora, te haré un resumen de las leyes de los ciudadanos de
hace nueve mil años y de la hazaña más heroica que realizaron. Más tarde,
tomaremos con tranquilidad los escritos mismos y discurriremos en detalle y
ordenadamente acerca de todo. En cuanto a las leyes, observa las nuestras, pues
descubrirás ahora aquí muchos ejemplos de las que existían entonces entre
vosotros. En primer lugar, el que la casta de los sacerdotes esté separada de
las otras; después, lo de los artesanos, el que cada oficio trabaje
individualmente sin mezclarse con el otro, ni tampoco los pastores, los
cazadores ni los agricultores. En particular, supongo que habrás notado que
aquí el estamento de los guerreros se encuentra separado de los restantes y que
sólo tiene las ocupaciones guerreras que la ley le ordena. Además, la manera en
que se arman con escudos y espadas, que fuimos los primeros en utilizar en Asia
tal como la diosa los dio a conocer por primera vez en aquellas regiones entre
vosotros. También, ves, creo, cuánto se preocupó nuestra ley desde sus inicios
por la sabiduría pues, tras descubrirlo todo acerca del universo, incluidas la
adivinación y la medicina, lo trasladó de estos seres divinos al ámbito humano
para salud de éste y adquirió el resto de los conocimientos que están
relacionados con ellos. En aquel tiempo, pues, la diosa os impuso a vosotros en
primer lugar todo este orden y disposición y fundó vuestra ciudad después de
elegir la región en que nacisteis porque vio que la buena mezcla de estaciones
que se daba en ella podría llegar a producir los hombres más prudentes. Como es
amiga de la guerra y de la sabiduría, eligió primero el sitio que daría los
hombres más adecuados a ella y lo pobló. Vivíais, pues, bajo estas leyes y, lo
que es más importante aún, las respetabais y superabais en virtud a todos los
hombres, como es lógico, ya que erais hijos y alumnos de dioses. Admiramos
muchas y grandes hazañas de vuestra ciudad registradas aquí, pero una de entre
todas se destaca por importancia y excelencia. En efecto, nuestros escritos
refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un
gran imperio, que avanzaba del exterior, desde el Océano Atlántico, sobre toda
Europa y Asia. En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había
una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas
de Heracles. Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de
entonces podían pasar a las otras islas y de las islas a toda la tierra firme
que se encontraba frente a ellas y rodeaba el océano auténtico, puesto que lo
que quedaba dentro de la desembocadura que mencionamos parecía una bahía con un
ingreso estrecho. En realidad, era mar y la región que lo rodeaba totalmente
podría ser llamada con absoluta corrección tierra firme. En dicha isla,
Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que
gobernaba sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme.
En este continente, dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y
Europa hasta Tirrenia. Toda esta potencia unida intentó una vez esclavizar en
un ataque a toda vuestra región, la nuestra y el interior de la desembocadura.
Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso entre todos los
hombres por su excelencia y fuerza, pues superó a todos en valentía y en artes
guerreras, condujo en un momento de la lucha a los griegos, luego se vio
obligada a combatir sola cuando los otros se separaron, corrió los peligros más
extremos y dominó a los que nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e
impidió que los que todavía no habían sido esclavizados lo fueran y al resto,
cuantos habitábamos más acá de los confines heráclidas, nos liberó
generosamente. Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio
extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se
hundió toda a la vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la
misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello, aún ahora el océano es allí
intransitable e inescrutable, porque lo impide la arcilla que produjo la isla
asentada en ese lugar y que se encuentra a muy poca profundidad”.
FRAGMENTO DEL CRITIAS DE PLATÓN, REFERIDO A LA ATLÁNTIDA
https://pueblosoriginarios.com/textos/platon/critias.html
TIMEO, CRITIAS, SÓCRATES,
HERMÓCRATES
TIMEO
—Contento, Sócrates, como si descansara de un gran camino, me despido ahora con
alegría de la travesía del discurso. Al dios que en la realidad nació hace
mucho tiempo, mas acaba de hacerlo en nuestro relato, le pido que preserve lo
expuesto de manera correcta y que, si respecto de algo, sin quererlo,
desafinamos, nos dé el castigo adecuado. Un castigo justo es ordenar al
desordenado. Entonces, para que, en lo que resta, nuestros discursos acerca de
los dioses sean correctos, le pedimos que nos dé la ciencia como el más
perfecto y el mejor de los remedios. Después de estos ruegos, dejamos a
Critias, según lo acordado, el discurso siguiente.
CRITIAS
—Bien, Timeo, lo acepto, pero también haré como tú al principio, cuando pediste
excusas porque ibas a hablar de temas importantes. Solicitaré lo mismo ahora y
creo que merezco obtener una indulgencia aún mayor en los temas que he de
tratar. Aunque estoy prácticamente seguro de que voy a hacer una petición
pretenciosa y más descortés de lo debido, es preciso que la haga. Pues, ¿quién
se atrevería a afirmar con cordura que tu exposición no ha sido acertada? Sin
embargo, yo, de alguna manera, debo intentar demostrar que, por ser más
difícil, lo que voy a tratar requiere una benevolencia mayor. Ciertamente, Timeo,
cuando se dice a los hombres algo acerca de los dioses es más fácil dar la
impresión de hablar con suficiencia que cuando se nos habla sobre los mortales.
En los temas ignorados por el auditorio, su inexperiencia y su completa
ignorancia en ese campo facilita enormemente la tarea al que va a exponer algo
acerca de ellos. Sabemos que tal es nuestra disposición respecto de los dioses.
Acompañadme en el siguiente razonamiento para que os muestre con mayor
evidencia lo que quiero decir. Todo lo que decimos es, necesariamente, pienso,
una imitación y representación. Consideremos la representación pictórica de
cuerpos divinos y humanos desde la perspectiva de su facilidad o dificultad
para dar a los espectadores la impresión de una imitación correcta y veremos que
en el caso de la tierra, las montañas, los ríos, el bosque, todo el cielo y
todo lo que se encuentra y se mueve en él, en primer lugar, nos agrada si
alguien es capaz de imitar algo con un poco de exactitud. Además, como no
sabemos nada preciso acerca de ellos, ni investigamos ni ponemos a prueba lo
pintado, nos valemos de un esbozo impreciso y engañoso. Contrariamente, cuando
alguien intenta retratar nuestros cuerpos, como percibimos claramente lo
deficiente a causa de la continua familiaridad de nuestra percepción, nos
volvemos duros jueces del que no ha logrado una semejanza total. Es necesario
comprender que lo mismo sucede con los discursos: que nos agradan los temas
celestes y divinos, incluso cuando son expuestos con escasa verosimilitud, pero
que analizamos minuciosamente los mortales y humanos. Respecto de lo que vamos
a exponer ahora sin preparación alguna, hay que perdonarnos si no podemos
reproducir exactamente lo apropiado, pues debemos pensar que no es fácil, sino
difícil, representar a los mortales de manera adecuada a la opinión de los
otros. Digo todo esto, Sócrates, porque quiero advertíroslo y pediros no menos
indulgencia, sino más en lo que expondré a continuación. Si os parece que
solicito el presente con justicia, dádmelo de buen grado.
SÓCRATES
— ¿Por qué no íbamos a dártelo, Critias? También al tercero, Hermócrates,
otorguémosle lo mismo, pues evidentemente, dentro de poco, cuando le toque
hablar, lo solicitará como vosotros. Para que comience de otra manera y no se
vea obligado a repetir, hable en ese momento convencido de que ya dispone de
nuestra indulgencia. Mas a ti, querido Critias, te haré conocer antes el
pensamiento del público: el poeta anterior ha logrado ante él muy alta
consideración, de manera que necesitarás mucha indulgencia si quieres tomar el
relevo.
HERMÓCRATES
—Me prometes lo mismo que a éste, Sócrates. Mas hombres sin valor nunca
alcanzaron una victoria, Critias. Por tanto debes abordar la exposición con
valentía y, después de invocar al Peán y a las Musas, mostrar y celebrar a los
antiguos ciudadanos en su bondad.
CRITIAS —Como estás en las
filas posteriores, querido Hermócrates, y tienes a otro por delante, eres aún
valiente. Dentro de poco se te hará evidente cómo es esto. Pero debo obedecerte
cuando me consuelas y das ánimo e invocar, junto a los dioses que mencionaste,
a los restantes y, especialmente, a Mnemósine porque casi todo lo esencial de
nuestro discurso se encuentra en el dominio de esta diosa; pues si recordamos
suficientemente y proclamamos lo que dijeron una vez los sacerdotes y Solón
trajo aquí, casi tengo la certeza de que este público será de la opinión de que
hemos cumplido adecuadamente lo que es debido. Debo hacerlo ya y no dudar más
aún.
Ante todo recordemos que el
total de años transcurridos desde que se dice que estalló la guerra entre los
que habitaban más allá de las columnas de Heracles y todos los que poblaban las
zonas interiores, es de nueve mil; ahora debemos narrarla en detalle. Se decía
que esta ciudad mandaba a estos últimos y que luchó toda la guerra. A la cabeza
de los otros estaban los reyes de la isla de Atlántida, de la que dijimos que
era en un tiempo mayor que Libia y Asia, pero que ahora, hundida por
terremotos, impide el paso, como una ciénaga intransitable, a los que navegan
de allí al océano, de modo que ya no la pueden atravesar. En su desarrollo, la
exposición del relato mostrará singularmente en cada caso lo que corresponde a
los muchos pueblos bárbaros y a las razas helenas de entonces. Pero es
necesario exponer al principio, en primer lugar, lo concerniente a los
atenienses de aquel entonces y a los enemigos con los que lucharon, las fuerzas
de guerra de cada uno y sus formas de organización política. De éstas, hay que
preferir hablar antes de las de esta ciudad. »En una ocasión, los dioses
distribuyeron entre sí las regiones de toda la tierra por medio de la suerte,
sin disputa; pues no sería correcto afirmar que ignoraban lo que convenía a
cada uno ni, tampoco, que, a pesar de saberlo, intentaban apropiarse unos y otros
de lo más conveniente a los restantes por medio de rencillas. Una vez que cada
uno obtuvo lo que le agradaba a través de las suertes de la justicia, poblaron
las regiones y, después de poblarlas, nos criaban como sus rebaños y animales,
como los pastores hacen con el ganado, sólo que no violentaban cuerpos con
cuerpos, como los pastores apacientan las manadas a golpes, sino como es más
fácil de manejar un animal: dirigían desde la proa. Actuaban sobre el alma por
medio de la convicción como si fuera un timón, según su propia intención, y así
conducían y gobernaban todo ser mortal. Mientras los otros dioses recibieron en
suerte las restantes regiones y las ordenaron, Hefesto y Atenea, por su
naturaleza común, su hermana por provenir del mismo padre y porque por amor a
la sabiduría y a la ciencia se dedicaban a lo mismo, recibieron ambos esta
región como única parcela, apropiada y útil a la virtud y a la inteligencia por
naturaleza, implantaron hombres buenos, aborígenes, e introdujeron el orden
constitucional en su raciocinio. De éstos se conservan los nombres, pero sus
obras y hazañas desaparecieron a causa de las destrucciones que sufrieron los
que las heredaron y por la gran cantidad de tiempo transcurrido desde entonces.
En efecto, los que en cada ocasión sobrevivían, como ya fue dicho
anteriormente, eran cerriles y analfabetos, de modo que sólo se habían enterado
de los nombres de los gobernantes del país y, además de éstos, de muy pocas
hazañas. A sus hijos les pusieron los nombres porque les agradaban, aunque no
conocían las excelencias y las leyes de los anteriores, con excepción de
algunos oscuros relatos sobre individuos particulares. Al carecer de lo
necesario durante muchas generaciones, ellos y sus hijos se fueron
despreocupando de lo acontecido una vez en el pasado porque prestaban atención
y hablaban sólo de aquello de lo que carecían. En efecto, la mitología y la
investigación de las antigüedades llegan a las ciudades al mismo tiempo que el
ocio, cuando ambas observan que algunos ya están provistos de lo necesario para
la vida, no antes. De esta manera, pues, se conservaron los nombres de los
antiguos sin sus hechos. Afirmo esto sobre la base del testimonio de Solón, que
decía que los sacerdotes al relatar la guerra de entonces mencionaban los nombres
de Cécrope, Erecteo, Erictonio, Erisictón y la mayoría de los restantes
anteriores a Teseo de los que hay recuerdo. Lo mismo sucedía en el caso de las
mujeres.
Además, el aspecto de la
estatua de la diosa: que los de entonces la representaran con una imagen armada
según aquella costumbre que hacía cumplir las mismas funciones en la guerra a
las mujeres y a los hombres es una demostración de que todos los miembros de un
rebaño, hembras y machos, están en condiciones, por naturaleza, de practicar en
común la virtud correspondiente a cada clase.
En aquel tiempo, los restantes
ciudadanos habitaban en esta región dedicados a la artesanía y al cultivo de la
tierra, y los guerreros, a los que desde el comienzo habían separado hombres
divinos, vivían aparte, con todo lo necesario para la alimentación y la
educacibn, sin que ninguno poseyera nada propio, ya que consideraban que todo
era común a todos y no pretendían que debieran recibir de los otros ciudadanos
más que la alimentación necesaria, dedicados a la práctica de todas las
costumbres e instituciones que ayer mencionamos con relación a los guardianes
que habíamos supuesto teóricamente. También se contaba de manera fidedigna y
verdadera lo relativo a nuestra región: en primer lugar, que entonces tenía unas
fronteras que se extendían hasta el Istmo y, en el resto de la tierra firme,
hasta las cimas del Citerón y el Parnes y que el límite bajaba con la Oropía a
la derecha y a la izquierda bordeando el Asopo desde el mar y que esta región
superaba en calidad a toda la tierra. Por ello entonces era también capaz de
alimentar a un gran ejército exento de las actividades agrícolas. Una prueba
contundente de su calidad: lo que ahora queda de ella puede competir con
cualquier otra región por la variedad y bondad de su producción agrícola y por
poseer buenos pastos para todo tipo de animales.
Entonces, además de la
calidad, también producía todo esto en abundancia. ¿Cómo puede ser esto
plausible y en qué sentido podría suelo de entonces?
Toda la región que se interna profundamente
en el mar a partir de la tierra firme es como un cabo. El mar que la rodea es
profundo cerca de la costa en todas partes. Como se produjeron muchas y grandes
inundaciones en los nueve mil años pues todos esos años transcurrieron desde
esa época hasta hoy- lo que se desliza desde las alturas en los procesos que
tienen lugar en estos tiempos no se apila, como en otros lugares, en un
montículo digno de mención, sino que fluye siempre en círculo y desaparece en
la profundidad. En comparación con lo que había entonces, lo de ahora ha
quedado -tal como sucede en las pequeñas islas- semejante a los huesos de un
cuerpo enfermo, ya que se ha erosionado la parte gorda y débil de la tierra y
ha quedado sólo el cuerpo pelado de la región. Entonces, cuando aún no se había
desgastado, tenía montañas coronadas de tierra y las llanuras que ahora se
dicen de suelo rocoso estaban cubiertas de tierra fértil. En sus montañas había
grandes bosques de los que persisten signos visibles, pues en las montañas que
ahora sólo tienen alimento para las abejas se talaban árboles no hace mucho
tiempo para techar las construcciones más importantes cuyos techos todavía se
conservan. Había otros muchos altos árboles útiles y la zona producía muchísimo
pienso para el ganado. Además, gozaba anualmente del agua de Zeus, sin
perderla, como sucede en el presente que fluye del suelo desnudo al mar; sino
que, al tener mucha tierra y albergar el agua en ella, almacenándola en
diversos lugares con la tierra arcillosa que servía de retén y enviando el agua
absorbida de las alturas a las cavidades, proporcionaba abundantes fuentes de
manantiales y ríos, de las que los lugares sagrados que perduran hoy en las
fuentes de antaño son signos de que nuestras afirmaciones actuales son
verdaderas.
Tal era entonces por
naturaleza el resto del país, al que cultivaban, como es probable, verdaderos
agricultores, que hacían sólo eso, amantes de lo bello y de buena naturaleza y
que disponían del mejor suelo, de agua en abundancia y, de estaciones templadas
de la mejor manera sobre la tierra
En esta época, la ciudad
estaba establecida de la siguiente manera. En primer lugar, la acrópolis no era
entonces como es ahora, pues ahora una noche de lluvia torrencial erosionó toda
la tierra que la rodeaba y la dejó desnuda, pues hubo terremotos unidos a un
gran diluvio, el tercero antes de la destrucción en época de Deucalión.
En cuanto a su tamaño anterior
en la otra época, alcanzaba hasta el Erídano y el Iliso e incluía en su
interior el Pnix con Licabeto como límite del lado opuesto del Pnix. Estaba
toda cubierta de tierra y era llana en su parte superior, salvo en unos pocos
lugares. Los artesanos y los campesinos que labraban los campos de las
cercanías habitaban en el exterior a los pies de sus laderas. El estamento de
los guerreros ocupaba independiente y aislado el sitio superior alrededor del
templo de Atenea y Hefesto, circundado por una valla como el jardín de una
casa. Habitaban la parte norte de la acrópolis, donde habían construido
habitaciones comunes y comedores para el invierno y todas las construcciones de
ellos y los templos de los dioses que convenía que tuviera la república común,
sin oro ni plata -pues no los usaban nunca para nada, sino que buscaban el
término medio entre la prepotencia y la pusilanimidad y habitaban en casas
ordenadas, en las que ellos y los hijos de sus hijos envejecían y traspasaban
siempre en el mismo estado a otros semejantes. Usaban la parte sur, que habían
dejado como instalaciones de verano para jardines, gimnasios y lugares de
comida en común, con esa finalidad. En el lugar que ocupa en el presente la
acrópolis, había una fuente de la que quedaron los pequeños manantiales
actuales en círculo cuando los terremotos la cerraron. A todos los de entonces
les proporcionaba una corriente abundante, templada en invierno y en verano.
Con esta configuración habitaban el lugar, guardianes de sus conciudadanos y
caudillos de los otros griegos por la voluntad de éstos, y cuidaban que el
número de hombres y mujeres, el de los que ya eran capaces de luchar y el de
los que todavía lo eran, permaneciera siempre constante, alrededor de veinte
mil.
Puesto que éstos eran así y de
una manera semejante gobernaban siempre con justicia su ciudad y el resto de
Grecia, en toda Europa y Asia eran famosos por la belleza de los cuerpos y la
completa excelencia de las almas y los más renombrados de todos los de aquel
tiempo. Ahora, si no quedamos despojados del recuerdo de lo que escuchamos
cuando aún éramos niños, os expondremos cuáles eran las cualidades de los que
lucharon contra ellos y cómo nacieron en un principio, para que estos mismos
relatos os sean comunes a los amigos.
Antes de la narración todavía
es necesario llamar la atención sobre un detalle, para que no os maravilléis si
escucháis nombres griegos de hombres bárbaros. Conoceréis la razón de dichos
nombres. Puesto que Solón quería utilizar el relato para su poesía, investigó
el significado de los nombres y descubrió que aquellos primeros egipcios los
tradujeron a su propia lengua al escribirlos, y él, a su vez, tras captar el
sentido de cada uno, los vertió a la nuestra cuando los escribió. Esos
documentos se encontraban en casa de mi abuelo, y, actualmente, están todavía
en mi poder y me ocupé diligentemente de ellos cuando era niño.
Por tanto, no os admire si
escucháis nombres como los de aquí, pues ya conocéis la razón. El siguiente era
entonces el comienzo de un largo relato.
Tal
como dije antes acerca del sorteo de los dioses - que se distribuyeron toda la
tierra, aquí en parcelas mayores, allí en menores e instauraron templos y
sacrificios para sí -, cuando a Posidón le tocó en suerte la isla de Atlántida
la pobló con sus descendientes, nacidos de una mujer mortal en un lugar de las
siguientes características. El centro de la isla estaba ocupado por una llanura
en dirección al mar, de la que se dice que era la más bella de todas, y de
buena calidad, y en cuyo centro, a su vez, había una montaña baja por todas
partes, que distaba unos cincuenta estadios del mar. En dicha montaña habitaba
uno de los hombres que en esa región habían nacido de la tierra, Evenor de
nombre, que convivía con su mujer Leucipe. Tuvieron una única hija, Clito,
cuando la muchacha alcanza la edad de tener un marido, mueren su padre y su
madre. Posidón la desea y se une a ella, y, para defender bien la colina en la
que habitaba, la aísla por medio de anillos alternos de tierra y mar de mayor y
menor dimensión: dos de tierra y tres de mar en total, cavados a partir del
centro de la isla, todas a la misma distancia por todas partes, de modo que la
colina fuera inaccesible a los hombres.
Entonces
todavía no había barcos ni navegación. Él mismo, puesto que era un Dios, ordenó
fácilmente la isla que se encontraba en el centro: hizo subir dos fuentes de
aguas subterráneas a la superficie -una fluía caliente del manantial y la otra
fría- e hizo surgir de la tierra alimentación variada y suficiente. Engendró y
crió cinco generaciones de gemelos varones, y dividió toda la isla de Atlántida
en diez partes, y entregó la casa materna y la parte que estaba alrededor, la
mayor y mejor, al primogénito de los mayores y lo nombró rey de los otros. A
los otros los hizo gobernantes y encargó a cada uno el gobierno de muchos
hombres y una región de grandes dimensiones. A todos les dio nombres: el mayor
y rey, aquel del cual la isla y todo el océano llamado Atlántico tienen un
nombre derivado; porque el primero que reinaba entonces llevaba el nombre de
Atlante. Al gemelo que nació después de él, al que tocó en suerte la parte
externa de la isla, desde las columnas de Heracles hasta la zona denominada
ahora en aquel lugar Gadirica, le dio en griego el nombre de Eumelo, pero en la
lengua de la región, Gadiro. Su nombre fue probablemente el origen del de esa
región. A uno de los que nacieron en segundo lugar lo llamó Anferes, al otro,
Evemo. Al que nació primero de los terceros le puso el nombre de Mneseo y al
segundo, Autóctono. Al primero del cuarto par le dio el nombre de Elasipo, y el
de Méstor al posterior. Al mayor del quinto par de gemelos le puso el nombre de
Azaes y al segundo, el de Diáprepes. Todos estos y sus descendientes vivieron
allí durante muchas generaciones y gobernaron muchas otras islas en el océano y
también dominaron las regiones interiores hacia aquí, como ya se dijo antes,
hasta Egipto y Etruria.
La
estirpe de Atlas llega a ser numerosa y distinguida. El rey más anciano
transmitía siempre al mayor de sus descendientes la monarquía, y la conservaron
a lo largo de muchas generaciones. Poseían tan gran cantidad de riquezas como
no tuvo nunca antes una dinastía de reyes ni es fácil que llegue a tener en el
futuro y estaban provistos de todo de lo que era necesario proveerse en la
ciudad y en el resto del país. En efecto, aunque importaban mucho del exterior
a causa de su imperio, la mayoría de las cosas necesarias para vivir las
proporcionaba la isla. En primer lugar, todo lo que, extraído por la minería,
era sólido o fusible, y lo que ahora sólo nombramos -entonces era más que un
nombre la especie del oricalco que se extraía de la tierra en muchos lugares de
la isla, el más valioso de todos los metales entre los de entonces, con la
excepción del oro- y todo lo que proporciona el bosque para los trabajos de los
carpinteros, ya que todo lo producían de manera abundante y alimentaba, además,
suficientes animales domésticos y salvajes. En especial, la raza de los
elefantes era muy numerosa en ella. También tenía comida el resto de los
animales que se alimenta en los pantanos, lagunas y ríos y los que pacen en las
montañas y en las llanuras, para todos había en abundancia y así también para
este animal que es por naturaleza el mayor y el que más come. Además, producía
y criaba bien todo lo fragante que hoy da la tierra en cualquier lugar, raíces,
follaje, madera, y jugos, destilados, sea de flores o frutos. Pero también el
fruto cultivado, el seco, que utilizamos para alimentarnos y cuanto usamos para
comida -denominamos legumbres a todas sus clases- y todo lo que es de árboles y
nos da bebidas, comidas y aceites, y el que usamos por solaz y placer y llega a
ser difícil de almacenar, el fruto de los árboles frutales, y cuantos
presentamos como postres agradables al enfermo para estímulo de su apetito, la
isla divina que estaba entonces bajo el sol, producía todas estas cosas bellas
y admirables y en una cantidad ilimitada. Como recibían todas estas cosas de la
tierra, construyeron los templos, los palacios reales, los puertos, los
astilleros, y todo el resto de la región, disponiéndolo de la manera siguiente.
En
primer lugar, levantaron puentes en los anillos de mar que rodeaban la antigua
metrópoli para abrir una vía hacia el exterior y hacia el palacio real.
Instalaron directamente desde el principio el palacio real en el edificio del
Dios y de sus progenitores y, como cada uno, al recibirlo del otro, mejoraba lo
que ya estaba bien, superaba en lo posible a lo anterior, hasta que lo hicieron
asombroso por la grandeza y belleza de las obras. A partir del mar, cavaron un
canal de trescientos pies de ancho, cien de profundidad y una extensión de
cincuenta estadios hasta el anillo exterior y allí hicieron el acceso del mar
al canal como a un puerto, abriendo una desembocadura como para que pudieran
entrar las naves más grandes. También abrieron, siguiendo la dirección de los
puentes, los círculos de tierra que separaba los de mar, lo necesario para que
los atravesara un trirremes, y cubrieron la parte superior de modo que el
pasaje estuviera debajo, pues los bordes de los anillos de tierra tenían una
altura que superaba suficientemente al mar. El anillo mayor, en el que habían
vertido el mar por medio de un canal, tenía tres estadios de ancho. El
siguiente de tierra era igual a aquel. De los segundos, el líquido tenía un
ancho de dos estadios y el seco era, otra vez, igual al líquido anterior. De un
estadio era el que corría alrededor de la isla que se encontraba en el centro.
La isla, en la que estaba el palacio real, tenía un diámetro de cinco estadios.
Rodearon ésta, las zonas circulares y el puente, que tenía una anchura de cien
pies, con una muralla de piedras y colocaron sobre los puentes, en los pasajes
del mar, torres y puertas a cada lado. Extrajeron la piedra de debajo de la
isla central y de debajo de cada una de las zonas circulares exteriores e
interiores; las piedras eran de color blanco, negro y rojo. Cuando las extrajeron,
construyeron dársenas huecas dobles en el interior, techadas con la misma
piedra. Unas casas eran simples, otras mezclaban las piedras y las combinaban
de manera variada para su solaz, haciéndolas naturalmente placenteras.
Recubrieron de hierra, al que usaban como si fuera pintura, todo el recorrido
de la muralla que circundaba el anillo exterior fundieron casiterita sobre la
muralla de la zona interior, y oricalco, que poseía unos resplandores de fuego,
sobre la que se encontraba alrededor de la Acrópolis. El palacio dentro de la
Acrópolis estaba dispuesto de la siguiente manera. En el centro, habían
consagrado un templo inaccesible a Clito y Posidón, rodeado de una valla de
oro: ese era el lugar en el que al principio concibieron y engendraron la
estirpe de las diez familias reales. De las diez regiones enviaban cada año
hacia allí frutos de la estación como ofrendas para cada uno de ellos. Había un
templo de Posidón de un estadio de longitud y trescientos pies de ancho. Su
altura parecía proporcional a estas medidas, puesto que tenía una forma algo
bárbara. Recubrieron todo el exterior del templo de plata, excepto las cúpulas,
que revistieron de oro. En el interior, el techo de marfil, entremezclado con
oro, plata y oricalco, tenía una apariencia multicolor. Revistieron las
paredes, columnas y pavimento de oricalco. Dentro del templo colocaron imágenes
de oro: El dios de pie sobre un carro llevaba las riendas de seis caballos
alados y tocaba, a causa de su altura, el techo con la cabeza; lo rodeaban cien
nereidas sobre delfines -pues los de aquel entonces creían que eran tantas. En
el interior había muchas otras estatuas que eran exvotos de particulares.
Afuera, alrededor del templo, había estatuas de oro de todos, de las mujeres y
de los hombres que habían pertenecido a la familia de los diez reyes, así como
muchos otros exvotos grandes de los reyes y de particulares de la ciudad y de
todas las regiones exteriores que dominaron. Había un altar que concordaba en
su grandeza y su manufactura con esta construcción. El palacio, igualmente, se
adecuaba a la grandeza del Imperio, así como al orden alrededor del templo.
Para utilizar las fuentes de agua fría y caliente que por naturaleza tenían una
abundante cantidad de agua en sabor y calidad excelente para el uso,
construyeron alrededor edificios, hicieron plantaciones de árboles adecuadas a
las aguas, levantaron cisternas al aire libre e invernales cubiertas para los
baños calientes -aparte las reales, las públicas y las privadas, además de
otras para mujeres y otras para caballos y el resto de los animales de tiro - y
ordenaron convenientemente cada una de ellas. Dirigieron la corriente de agua
hacia el bosque sagrado de Posidón - múltiples y variados árboles de belleza y
altura sobrenatural por la calidad de la tierra- y hacia los círculos
exteriores por medio de canales que seguían la dirección de los puentes. Habían
construido en aquel lugar muchos templos para muchos dioses, muchos jardines y
muchos gimnasios, unos de hombres, otros, separados, de caballos, en las dos
islas de los anillos. Además, en el centro de la isla mayor había un hipódromo
de un estadio de ancho colocado aparte, cuya extensión permitía que los
caballos compitiesen libremente todo el perímetro. Alrededor de este había,
aquí y allí, casas de guardia para la mayoría de guardianes. La guardia de los
más fieles estaba dispuesta en el anillo más pequeño y más cercano a la
acrópolis y a los que más se distinguían en su fidelidad les habían dado casas
dentro de la acrópolis en torno a los reyes. Los astilleros estaban llenos de
trirremes y de todos los artefactos correspondientes, todo adecuadamente
preparado. Los alrededores de la casa de los reyes estaban arreglados de la siguiente
manera: cuando se atravesaban los puertos desde afuera - que eran tres - una
muralla se extendía en círculo, a partir del mar -a cincuenta estadios por
todas partes el anillo mayor y de su puerto- y se cerraba en la desembocadura
del canal en el mar. Muchas casas poblaban densamente toda esta zona; la
entrada del mar y el puerto mayor estaban llenos de barcos y comerciantes
llegados de todas partes que, por su multitud, ocasionaban vocerío, ruido y
bullicio variado de día y de noche.
Ahora
ya tenemos recordados la ciudad y los alrededores de la antigua edificación,
tal y como se describieron entonces.
Debemos
intentar recordar el resto de la región, como era su naturaleza y su forma en
que estaba ordenado. En primer lugar, se decía que todo el lugar era muy alto y
escarpado desde el mar, pero que los alrededores de la ciudad eran llanos,
suaves y planos, circundados a su vez de montañas que llegaban hasta el mar.
Esta llanura era de forma oblonga y tenía por un lado tres mil estadios y dos
mil en el centro desde el mar hacia arriba. Esta zona de la isla estaba de cara
al viento sur, de espaldas a la constelación de la Osa y protegida por el
viento del norte. Entonces se loaba que las montañas que la rodeaban superaban
por su número, grandeza y belleza a todas las que hay ahora y que tenían en
ellas muchas ricas aldeas de vecinos, ríos, lagos y prados que daban alimento
suficiente a todos los animales, domésticos y salvajes, bosques variados en
cantidad y especie que proveían abundantemente para todas y cada una de las
obras. La naturaleza y muchos reyes, con su largo esfuerzo, habían conformado
la llanura de la siguiente manera. En su mayor parte era un cuadrilátero
rectangular, y lo que faltaba para formarlo lo había corregido por medio de una
fosa cavada a su alrededor. Aunque la profundidad, ancho y longitud que les
atribuyeron eran tan grandes, sin contar con las otras obras, que resultaba
increíble para algo hecho por las manos del hombre, debemos decir los que
escuchamos. Habían cavado una profundidad de cien pies; el ancho era en todos
lados de un estadio y, como había sido cavada alrededor de toda la llanura,
llegaba a la ciudad por ambos lados y allí dejaba fluir el agua al mar. Desde
su parte superior habían abierto canales rectos de cien pies de ancho que
corrían a lo ancho de la llanura hasta desembocar nuevamente en la fosa que
daba al mar y distaban entre sí cien estadios de distancia uno de otro. Así
bajaban a la ciudad la madera de las montañas y proveían con barcos el resto de
los productos estacionales, ya que habían abierto comunicaciones transversales
de unos canales a otros y hacia la ciudad. Cosechaban la tierra dos veces por
año, en invierno con las aguas provenientes de Zeus, y en verano conducían
desde los canales las corrientes que produce la tierra.
En
cuanto número, estaba dispuesto que cada distrito de la llanura con hombres
útiles para la guerra proveyera un jefe. La extensión del distrito era de diez
veces diez estadios y los distritos era sesenta mil. Se decía que la cantidad
de hombres de la montaña y del resto de la región era innumerable; todos
estaban distribuidos en estos distritos y asignados a jefes según las zonas y
las aldeas. Estaba reglamentado que cada jefe proveyera en caso de guerra la
sexta parte de un carro de guerra hasta diez mil carros, dos caballos y
jinetes, además de un par de caballos sin carro, un infante con escudo pequeño
y el guerrero que lucha sobre el carro y conduce los dos caballos, dos
hoplitas, arqueros y honderos, también dos cada uno, lanzadores de piedras y
lanceros con armamento ligero, tres cada uno, y cuatro marineros para cubrir la
tripulación de mil doscientas naves. Así estaba dispuesto lo concerniente a la
guerra en la ciudad real, lo de las nueve restantes lo estaba de otra manera
que llevaría mucho tiempo relatar.
Lo
relativo a los puestos de gobierno y los honores estuvo ordenado desde el
principio de la siguiente manera. Cada uno de los diez reyes imperaba sobre los
hombres y sobre la mayoría de las leyes en su parte y en su ciudad, y castigaba
y mataba a quien quería. El gobierno y la comunidad de los reyes se regían por
las disposiciones de Posidón tal como se las transmitía la constitución y las
leyes escritas por los primeros reyes en una columna de oricalco que se
encontraba en el centro de la isla en el templo de Posidón, dónde se reunían,
bien cada lustro, bien, de manera alternativa, cada seis años, ara honrar
igualmente lo par y lo impar. En las reuniones, deliberaban sobre los asuntos
comunes e investigaban si alguno había infringido algo y lo sometían a juicio.
Cuando iban a dar veredicto se daban primero las siguientes garantías unos a
otros. Rogaban a Posidón que tomara la ofrenda sacrificial que le agradara de
entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran sólo diez lo cazaban sin
hierro, con maderas y redes. Al que atrapaban lo conducían hacia la columna y
lo degollaban encima de ella haciendo votos por las leyes escritas. En la
columna, junto a las leyes, había un juramento que proclamaba grandes
maldiciones para os que las desobedecieran. Tras hacer el sacrificio según sus
leyes y ofrecer todos los miembros del toro, llenaban una cratera y vertían en
ella un coagulo de sangre por cada uno. El resto lo arrojaban al fuego una vez
que habían limpiado la columna. Luego, mientras extraían sangre de la cratera
con fuentes doradas y hacían una libación sobre el fuego, juraban juzgar según
las leyes de la columna y castigar si alguien hubiera infringido algo antes, y,
además, no infringir intencionalmente en el futuro ninguna de las leyes
escritas, ni gobernar ni obedecer a ningún gobernante, excepto aquel que
ordenara según las leyes del padre. Una vez que cada uno de ellos hubo
prometido esto de sí y de su estirpe, bebido y dedicado la fuente como exvoto
en el templo del dios y se hubo ocupado de la comida y de las otras
necesidades, cuando llegaba la oscuridad y se había enfriado el fuego
sacrificial se vestían con un bellísimo vestido púrpura y se sentaban en el
suelo junto a las ascuas del juramento sacrificial. Durante la noche, tras
apagar el fuego que se encontraba alrededor del templo, eran juzgados y
juzgaban si alguien acusaba a alguno de ellos de haber infringido alguna ley.
Cuando terminaban de juzgar, al hacerse de día, escribían los juicios en una
tablilla de oro y la ofrendaban como recuerdo junto con las vestimentas. Había
muchas otras leyes especiales acerca de los honores de cada uno de los reyes;
lo más importante: no atacarse nunca unos a otros y ayudarse todos en caso de
que alguien intentara destruir la estirpe real en alguna de sus ciudades, y
tomar en común, como antes, las determinaciones concernientes a la guerra y a
otras actividades, bajo la conducción de la estirpe de Atlante. Ningún rey
podía matar a ninguno de sus parientes, si no contaba con la aprobación de más
de la mitad de los diez.
Según
el relato, tan gran potencia y de tales características existentes entonces en
aquellas zonas ordenó y envió el Dios contra nuestras tierras por la siguiente
razón. Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del Dios era
suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestas hacia lo
divino emparentado con ellos. Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo
sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que
siempre ocurren y unos a otros, por lo que excepto la virtud, despreciaban todo
lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con
facilidad, como una molestia, el peso del oro y de las otras posiciones. No se
equivocaban, embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a
causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas
cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución
y la honra de los bienes exteriores, estos decaen y se destruye la virtud con
ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza
divina, prosperaron todos sus bienes, que describimos antes. Mas cuando se
agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos
mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las
circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron, y al que los podía observar
les parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo
más valioso, y los que no pudieron observare la vida verdadera respecto de la
felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban
llenos de injusta soberbia y de poder. El Dios de Dioses Zeus, que reina por
medio de leyes puesto que puede ver tales cosas, se dio cuenta de que una
estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un
castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a
todos los dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro
del universo, tiene vista a todo lo que participa de la generación y, tras
reunirlos, dijo...